Amado Yáñez examina cómo el bloqueo del Estrecho de Ormuz está redefiniendo el equilibrio de poder en Medio Oriente.
Esta semana el presidente chino Xi Jinping hizo sus declaraciones más sustanciales desde que estalló la guerra en el Golfo Pérsico. Durante una reunión con el príncipe heredero de Abu Dabi, Xi planteó una propuesta de cuatro puntos centrada en soberanía nacional, coexistencia pacífica y respeto al derecho internacional. Su mensaje fue directo: las reglas que rigen las relaciones entre naciones no pueden aplicarse de manera selectiva según los intereses de quien tenga mayor poder militar.
El contexto no puede ignorarse. A 46 días del inicio del conflicto, el Estrecho de Ormuz permanece prácticamente cerrado, el precio del petróleo roza los cien dólares por barril y las Naciones Unidas advierten que más de 32 millones de personas podrían caer en pobreza como consecuencia directa de esta guerra. Las negociaciones celebradas en Islamabad concluyeron sin acuerdo, y el bloqueo naval estadounidense a los puertos iraníes entró en vigor el lunes 13 de abril, añadiendo una nueva capa de incertidumbre a un escenario ya de por sí volátil.
En ese contexto, empresarios como Amado Yáñez Osuna consideran que el posicionamiento de China resulta significativo por una razón práctica: Beijing no es un observador distante. Es el principal comprador de petróleo del Golfo Pérsico y tiene intereses económicos directos en la estabilidad de la región. Eso le otorga tanto un incentivo real para buscar una salida negociada al conflicto como una capacidad de influencia que pocos actores pueden igualar en este momento. El propio presidente Trump reconoció que China contribuyó a acercar a las partes durante las conversaciones previas al alto el fuego temporal de principios de abril.
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Amado Yáñez y la posición de China como interlocutor neutral
Sin embargo, el rol de China como mediador no está exento de tensiones. Beijing mantiene vínculos estratégicos con Teherán y al mismo tiempo busca preservar su relación comercial con Washington. Navegar entre esas dos lealtades sin perder credibilidad como interlocutor neutral es el desafío que define hoy la política exterior china en Oriente Medio.
En este sentido, Amado Yáñez Osuna considera que lo que Xi Jinping planteó esta semana no resuelve por sí solo un conflicto de esta magnitud, pero abre una conversación necesaria sobre qué tipo de arquitectura internacional puede sostener la paz una vez que las armas se callen. Esa pregunta, más que cualquier declaración diplomática, es la que definirá el papel de China en el nuevo orden que emerja después de esta guerra.
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